Hubo un momento —muy silencioso—
en el que dejé de mirar el móvil
y empecé a mirarme a mí.
No pasó nada grave.
No hubo pelea.
No hubo drama.
Solo ese cansancio profundo
de sostener conversaciones huecas,
de llenar vacíos con imaginación
y de esperar palabras que nunca llegaban.
Mensajes cortos.
Presencias intermitentes.
Deseo sin profundidad.
Y yo ahí,
con el corazón abierto,
intentando hacer hogar
en alguien que solo sabía pasar de visita.
Me di cuenta de que no me dolía el otro,
me dolía yo,
por quedarme donde no había espacio
para todo lo que soy.
Porque no quiero relaciones en modo Tarzán.
No quiero “hola”, “bien”, “luego hablamos”
como único lenguaje emocional.
No quiero selvas donde nadie nombra lo que siente
y todo se resuelve con instinto o silencio.
Yo quiero palabra.
Quiero verdad.
Quiero presencia que no huya cuando toca mirar dentro.
El cuerpo empezó a avisarme antes que la mente.
Esa incomodidad en el pecho.
Ese nudo en la garganta.
Ese presentimiento que dice: aquí no es.
Y entendí algo importante:
el silencio repetido también es una respuesta.
La falta de profundidad también es una elección.
Y esperar eternamente
es una forma elegante de desaparecer de tu propia vida.
No me fui enfadada.
No me fui herida.
Me fui consciente.
Con el amor suficiente
como para no conformarme con migajas,
y con la valentía de elegir
un vínculo que no tenga que imaginarse.
Porque hoy sé
que el amor que no se nombra,
no se cuida,
y no se sostiene,
termina doliendo.
Y yo ya no estoy aquí para dolerme.
Estoy aquí para vivir de verdad.
✍️ Ayana Farina